Skip to content Skip to footer

Don Quijote sin gigantes: molinos, sabores y calma en el Moncayo

Entre las estribaciones del Moncayo y los valles tranquilos del suroeste de Zaragoza se esconden dos pueblos aragoneses que invitan al viajero a detenerse, respirar y reconectar: Malanquilla y Aranda de Moncayo. Ambos conforman un rincón de Aragón donde el tiempo parece avanzar más despacio. Lejos del bullicio urbano y aún sin multitudes turísticas, esta zona ofrece una combinación perfecta de paisajes naturales, historia, arquitectura rural y gastronomía auténtica, convirtiéndose en un destino ideal para una excursión de un día o para una escapada de fin de semana en busca de calma y autenticidad.

Embalse de Maidevera

El recorrido puede comenzar en el embalse de Maidevera, un remanso de tranquilidad situado entre Aranda de Moncayo y Borobia. Este espacio, rodeado de colinas suaves y vegetación dispersa, es perfecto tanto para los amantes de la fotografía como para quienes buscan un rincón silencioso donde contemplar reflejos en el agua o avistar aves acuáticas. Para los que prefieren combinar relax con actividad, existen varias rutas de senderismo de baja dificultad en los alrededores, como la PR-Z 75, un recorrido circular de 11 kilómetros y un desnivel aproximado de 240 metros que, en apenas tres horas, lleva desde Aranda hasta el embalse y de regreso. En el camino se atraviesa el río Aranda, se contempla la ermita de San Roque, se bordean las orillas tranquilas del embalse y se camina entre campos y granjas dispersas. Es una experiencia accesible para familias y senderistas habituales que buscan naturaleza sin excesivas exigencias. Conviene llevar calzado cómodo, agua suficiente y prismáticos si se disfruta de la observación de aves, ya que es posible divisar garzas, patos o pequeños cormoranes.

Tras la caminata, nada mejor que poner rumbo a Malanquilla, a apenas veinte minutos en coche. Este pequeño y apacible pueblo, encaramado en la ladera de una colina, regala vistas abiertas sobre un horizonte agrícola que parece extenderse sin fin. Allí se encuentra una de las joyas gastronómicas de la comarca: La Venta de Malanquilla, un restaurante familiar y acogedor donde la sencillez de la cocina tradicional aragonesa se enriquece con el producto local. Su carta ofrece platos como las migas pastoriles con uva y huevo, el ternasco al horno con patatas panadera, embutidos artesanos elaborados en la zona y una selección de postres caseros que evocan los sabores de antaño, como natillas, cuajada con miel de romero o arroz con leche cremoso. En temporada de caza y setas, la propuesta se amplía con guisos y estofados a fuego lento, escabechados de conejo o codorniz, pato o corzo, y recetas otoñales con rebollones, boletus, setas de cardo y níscalos recolectados en los montes cercanos. Son platos que transmiten identidad y tradición, servidos en un entorno cálido que invita a la sobremesa. Conviene reservar con antelación en fines de semana o en otoño, cuando la afluencia es mayor.

Molino de Malanquilla

Después de comer, un paseo por las calles empedradas de Malanquilla permite descubrir su arquitectura rural intacta y rincones que invitan a detenerse. La joya más emblemática es el molino de viento restaurado, uno de los pocos que aún se conservan en Aragón. De cuerpo encalado y aspas que giran al viento, su silueta blanca evoca inevitablemente a Don Quijote y sus luchas contra gigantes imaginarios. Aunque no esté en tierras manchegas, parece extraído de un capítulo cervantino y se ha convertido en un símbolo del pueblo. A su alrededor se levantan miradores naturales que permiten contemplar la amplitud del paisaje, con el Moncayo recortando el horizonte en los días despejados, y muy cerca una pequeña ermita añade un remanso de calma a este conjunto que mezcla historia, literatura y tradición.

Si el tiempo lo permite, merece la pena prolongar la experiencia con una estancia en Aranda de Moncayo, donde se encuentran casas rurales como La Encina o Maidevera, perfectas para descansar en un ambiente rústico con hospitalidad local. El propio pueblo invita a una visita pausada: su castillo medieval, vinculado a las familias Luna y Urrea, sus casas señoriales de piedra y la iglesia de San Salvador forman un conjunto patrimonial de gran valor. De noche, el silencio y el cielo estrellado de la comarca ofrecen un espectáculo inolvidable, ideal para quienes buscan desconectar por completo del ritmo urbano.

Y para cerrar la escapada, nada mejor que hacer una parada en Calatayud, a solo 45 minutos de Malanquilla. Esta ciudad, cargada de historia, combina patrimonio mudéjar declarado Patrimonio de la Humanidad, vestigios islámicos y una sólida tradición vinícola. Pasear por su casco antiguo, entre iglesias de ladrillo, restos de murallas y plazas recoletas, es adentrarse en siglos de cultura. La gastronomía aquí también tiene grandes referentes: el Mesón de la Dolores, ubicado en una casona del siglo XV, ofrece ternasco asado, borrajas, pollo al chilindrón o cordero en un ambiente que conserva el aire de las antiguas posadas aragonesas, con paredes de piedra y techos de vigas. Para quienes prefieren una experiencia más contemporánea, el restaurante Los Reyes de Aragón apuesta por una cocina creativa basada en productos de temporada, con un servicio cercano y una carta que combina tradición y modernidad.

Mesón de la Dolores Patio Mesón de la Dolores

La combinación de naturaleza, historia, arquitectura y gastronomía convierte a Malanquilla y Aranda de Moncayo en destinos perfectos para quienes buscan una escapada auténtica y sin masificaciones. Aquí aún se respira el alma rural de antaño, esa que invita a descubrir cada rincón a un ritmo pausado, entre senderos, platos tradicionales y paisajes abiertos. Un viaje que se disfruta paso a paso y plato a plato, y que deja en la memoria la huella imborrable de un Aragón sereno y acogedor.

Leave a comment