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Enero, el mes en que el vino despierta distinto

Mientras media Europa calienta el vino para combatir el frío, Aragón mantiene un ritual propio:
copa en la mano, aromas limpios y barras donde el vino abriga sin necesidad de especias.

El invierno cambia la forma en que bebemos. Cambia el olfato, el paladar y hasta la manera de sostener la copa. Y aunque gran parte de Europa celebra el frío con vino caliente, en Aragón —fiel a su carácter sobrio y a su tradición vinícola— preferimos descorchar vinos que reconfortan por sí solos. Un gesto que dice mucho de cómo entendemos nuestra tierra.

Aragón, tierra donde el vino no se calienta

De Alemania a los países nórdicos, el vino caliente es el emblema del invierno. Glühwein, vin chaud, glögg… todas las versiones responden al mismo impulso: combatir el frío extremo.

En Aragón, sin embargo, el ritual es distinto. Aquí nunca cuajó la costumbre de calentar el vino, y no es casual: clima frío pero seco, vinos de carácter y una cultura que valora la pureza del vino. Aquí el vino se bebe tal cual, sin azúcar, sin especias y sin calor añadido. Una forma muy aragonesa de entender la autenticidad.

Cuando enero despierta los vinos de la tierra

El frío acentúa la fruta, suaviza la acidez y redondea la sensación en boca. Por eso, en bares y restaurantes de toda la comunidad, enero es sinónimo de vinos con cuerpo: garnachas intensas de Campo de Borja y Calatayud, crianzas de Cariñena que despliegan aromas más lentos y profundos, y tintos y blancos aromáticos de Somontano que encuentran en las bajas temperaturas un aliado para expresar su frescura y equilibrio. A ello se suman los vinos de altura del Jiloca, con un carácter marcado por el frío y la altitud, y las elaboraciones del Bajo Aragón, de estilo más mediterráneo y muy gastronómico, perfectas para acompañar la cocina invernal. La vuelta a la copa —ese gesto circular casi instintivo— ayuda a despertar los aromas adormecidos por la estación, revelando la profundidad de cada vino.

mapa aragón
Un invierno con sello aragonés

Las cuatro denominaciones de origen — Campo de Borja, Cariñena, Calatayud y Somontano— encuentran en enero un escenario perfecto.
Y las zonas vinícolas de Teruel, desde el Jiloca hasta el Bajo Aragón, completan el mapa con vinos de altitud y carácter propio, muy ligados al paisaje y al frío de la provincia.
No hace falta ser experto: basta con dejar que la copa se temple entre las manos y escuchar cómo Aragón habla a través de sus aromas.

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