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EL MELI DEL TUBO: DIEZ AÑOS HACIENDO FAMILIA ENTRE TAPAS

Veinte años después de abrir Méli-Mélo en la calle Mayor y diez después de llevar su forma de entender la tapa hasta El Tubo, la historia de Meli sigue siendo, ante todo, una historia de familia.

Raquel, Silvia y Ángel han crecido junto al proyecto, con Leciñena como una de sus raíces y con una filosofía que ya estaba en el propio nombre: méli-mélo, mezcla, variedad, cosas diferentes que terminan encajando. Lo que empezó como una pequeña aventura gastronómica es hoy una marca reconocible en Zaragoza. Con Ángel Díez repasamos los diez años de El Meli del Tubo, mirando atrás, pero sobre todo descubriendo todo lo que ha tenido que pasar detrás de la barra para llegar hasta aquí.

Hace diez años llevasteis el espíritu de Méli-Mélo hasta El Tubo. ¿Qué queríais conservar y qué tenía que ser diferente en esta nueva etapa?

La idea era que los dos locales se complementaran. Aproximadamente un 60 % de las tapas se comparten, pero queríamos que cada uno tuviera también su personalidad.

Calle Mayor mantiene esa parte más de restaurante y en El Tubo apostamos por una tapería: igual de seria en producto y servicio, pero más desenfadada.

Al principio costó un poco que la gente entendiera el concepto. Por la estética más minimalista, algunos entraban sin saber muy bien si aquello era una cafetería, un pub o un local de tapas. Con el tiempo se entendió perfectamente: Calle Mayor es restaurante y El Meli del Tubo, tapería.

Este verano habéis cumplido diez años desde que abristeis El Meli del Tubo. Si volvéis mentalmente a aquellos primeros días, ¿qué recordáis y qué os hizo pensar que este era el lugar adecuado?

Habíamos mirado otros locales, pero había algo pendiente con El Tubo. Curiosamente, cuando Raquel abrió Méli-Mélo en la calle Mayor años antes, ya había valorado un local en esta zona. Finalmente eligió Calle Mayor porque aquel otro espacio no tenía cocina, pero quizá quedó ahí esa pequeña ilusión.

Cuando apareció esta oportunidad, nos apetecía mucho estar en El Tubo y presentar nuestras tapas aquí, junto a establecimientos emblemáticos que llevan muchos años formando parte de la historia gastronómica de Zaragoza.

El Tubo tiene esa mezcla que nos interesaba: público local y también visitantes que quieren descubrir la ciudad y su gastronomía. Nos hacía ilusión que nuestras tapas formaran parte de ese entorno.

El Tubo ha cambiado mucho en una década. Desde vuestra posición privilegiada detrás de la barra, ¿qué es lo que más ha cambiado y qué os alegra que siga exactamente igual?

Lo que me alegra que siga igual es la relación y el buen ambiente que existe entre los establecimientos de la zona, donde todos nos conocemos y hay mucha cercanía en el día a día.

Lo que sí ha cambiado mucho es la forma de tapear. Antes había muchísimo más bullicio de barra, con gente muy apretada y un ambiente más caótico pero muy vivo. Ahora el cliente prefiere sentarse y tener su espacio, y ese tipo de tapeo más intenso ya casi no se ve, aunque tenía algo muy especial.

Abrir en un entorno con tanta historia y competencia obliga a tener personalidad propia. ¿Qué creéis que hace que alguien no diga simplemente “vamos al Tubo”, sino “vamos al Meli”?

Creo que en nuestra casa el boca a boca ha sido clave. Cuando abrimos El Meli del Tubo la tapería gustó y, diez años después, sigue funcionando muy bien.

Es una mezcla de factores: el local, la calidad de las tapas, el trabajo constante y, sobre todo, el servicio, en el que somos muy exigentes. Con el equipo intentamos mantener nuestra forma de trabajar, escuchando y mejorando juntos. Todo ello, junto con la relación calidad-precio, ha hecho que Meli sea un nombre reconocido en Zaragoza.

En la historia de El Meli aparecen tapas que muchos clientes todavía recuerdan. Cuando repasáis estos años, ¿hay alguna creación que os transporte inmediatamente a una etapa o a un momento concreto de vuestra historia?

Muchas. Nuestra filosofía ha sido mantener aquellas tapas con las que hemos visto una conexión especial con el cliente, por eso algunas llevan desde el inicio y siguen vendiéndose.

Los concursos de tapas nos han dejado grandes recuerdos. Especialmente el “Cave Ovum”, Mejor Tapa de Aragón en 2014, con el que fuimos al concurso nacional de Valladolid. Recuerdo a Silvia, Raquel y a la familia trabajando hasta horas increíbles para que a la mañana siguiente estuvieran listas cientos de tapas. Esas son imágenes que se te quedan.

También hay tapas muy representativas como el “Chupa-chups de Ternasco de Aragón” o la “Tostada de Leciñena”, que tiene además una parte muy nuestra porque Leciñena es el pueblo de Silvia y Raquel y está muy ligado a nuestra familia.

Y seguimos incorporando propuestas nuevas: si una tapa funciona en una acción concreta y encaja en el servicio, intentamos que se quede. La carta ha crecido así, manteniendo nuestra historia pero sin dejar de innovar.

En estos años habéis visto pasar a miles de personas. ¿Cómo era el cliente que llegaba al Meli en 2016 y cómo es el que entra hoy?

Creo que hemos mantenido bastante nuestra línea, aunque hay un cambio que me gusta especialmente. En 2016 echaba en falta a la gente joven, que quizá aún no nos conocía, y ahora me encanta ver mesas de chicos de veinte o veintiún años compartiendo tapas y pidiendo vino, cava o champán.

Meli no es un sitio pretencioso: puedes venir, probar un par de tapas y volver otro día, y El Tubo permite justo eso, ir probando locales. El turista elige dónde entrar y el zaragozano dónde volver, y estar en El Tubo, rodeados de establecimientos que también hacen bien las cosas, ayuda a que el cliente tenga motivos para regresar.

Mantener un negocio hostelero durante diez años no es sencillo: son muchos servicios, fines de semana, fiestas y muchísimas horas de trabajo. ¿Cuál diríais que ha sido la decisión más importante para conseguir llegar hasta aquí?

Probablemente, abrir El Meli del Tubo. Podríamos habernos quedado en Calle Mayor con una estructura más pequeña y tranquila, pero decidimos crecer y “hacer más Meli”. Ha supuesto más trabajo y responsabilidad, pero también nos ha hecho evolucionar. Y nada habría sido posible sin nuestros equipos y el apoyo de nuestras familias, muy vinculadas también a Leciñena.

Después de diez años, ¿qué os sigue haciendo ilusión cuando empieza un servicio?

El comienzo.

El comienzo. Entrar y que ya huela a cocina, ver llegar a los compañeros, abrir, poner la música y sentir cómo poco a poco aparece el ambiente. Y luego está esa parte imprevisible de la hostelería: nunca sabes quién va a cruzar la puerta.

Si pudierais volver a aquel primer día, justo antes de levantar la persiana, ¿qué les diríais hoy a aquellas personas que estaban a punto de empezar esta aventura?

Les diría que ha sido, es y espero que siga siendo un placer.

Trabajar en familia tiene momentos difíciles, pero siempre hemos sabido resolverlos juntos y sacar adelante los dos establecimientos. Ojalá podamos seguir muchos años más, evolucionando y adaptándonos a lo que venga.

Volvería a hacerlo sin dudar. Estoy muy orgulloso de lo que hemos construido y de toda la gente que ha formado parte de ello.

Después de estos años en El Tubo, ¿hacia dónde camina ahora El Meli?

Ahora toca consolidar lo que tenemos y seguir mejorando por dentro: gestión, nuevas tecnologías, IA y formación del equipo, siempre manteniendo la calidad. Después, ideas siempre hay. No tenemos ningún proyecto concreto, pero no descarto que algún día pueda surgir algo nuevo dentro del universo Meli.

Dentro de diez años quizá volvamos a sentarnos aquí para celebrar los veinte. ¿Qué os gustaría poder decir entonces que, pese a todo lo vivido, nunca cambió en El Meli?

Que entre al local y siga oliendo como huele hoy. Que mantengamos la misma ilusión.

Que sigamos poniendo nuevas tapas en boca de la gente y que continúen viniendo a disfrutar de nuestros locales. Y que yo pueda seguir diciendo que ha sido un placer y un orgullo formar parte de Meli, junto a mis socias, mi familia y nuestros equipos.

Sobre todo, que la gente siga sintiendo eso cuando entra. Porque creo que esas cosas se notan.