Un territorio de contrastes
El triángulo que dibujan La Loteta, Pedrola y Bonavía resume bien la riqueza de Aragón: naturaleza indómita, patrimonio histórico y hospitalidad convertida en experiencia. En apenas unos kilómetros, el viajero pasa de dejarse llevar por el viento a contemplar obras maestras de la pintura y a dormir entre muros que recuerdan un pasado de nobleza.Es un recorrido breve en distancia, pero intenso en matices: una invitación a descubrir cómo lo inesperado también forma parte del paisaje aragonés.
La sorpresa del cierzo: surf en el embalse de La Loteta
Quien viaja por la A-68 no imagina que, a la altura de Pedrola, se abre un escenario propio de costas lejanas. El embalse de La Loteta, nacido como reserva de agua, se ha convertido en un inesperado paraíso para los amantes del viento. Aquí el cierzo sopla con fuerza y constancia, convirtiendo estas aguas en un lugar de referencia en el interior peninsular para la práctica del kitesurf y el windsurf
El contraste es parte de su atractivo: donde se esperan campos de cereal y viñas, emergen velas de colores que cortan el cielo y tablas que avanzan deslizándose como si Aragón se hubiese transformado en Tarifa. La laguna sur, más plana, permite la práctica del freestyle; otras zonas invitan a carreras o al simple placer de dejarse llevar. Incluso para quienes no suben a la tabla, basta con acercarse a la orilla para sentir cómo el aire azota la cara y devuelve una sensación de libertad primaria. La Loteta es, en esencia, un mar en miniatura al que el cierzo ha dado alma.
Pedrola: un palacio con memoria
A pocos minutos de allí, el viaje adquiere otro tono. Pedrola, villa aragonesa de tradición agrícola y ferroviaria, guarda en su corazón uno de los palacios renacentistas más notables de la península: el Palacio de los Duques de Villahermosa. Levantado en el siglo XVI sobre un castillo medieval, fue transformado con el paso del tiempo en un elegante conjunto donde conviven lo renacentista, lo neoclásico y lo romántico.
El edificio atesora tesoros de primer orden: lienzos de Goya —entre ellos un boceto de La carga de los mamelucos—, tapices, mobiliario histórico y una biblioteca que habla de siglos de cultura. Además, un pasadizo elevado lo une con la iglesia parroquial, recordando las soluciones arquitectónicas italianas que tanto inspiraron a los nobles de la época. Pasear por sus estancias es adentrarse en un tiempo en el que Aragón miraba a Europa con ambición, y es también una invitación a descubrir cómo la historia y el arte laten aún en el corazón de una pequeña localidad de la Ribera Alta del Ebro.
Bonavía: descanso entre muros medievales
La ruta encuentra su descanso en el Castillo de Bonavía, muy cerca de Pedrola. Aunque hoy funciona como hotel y espacio de celebraciones, su silueta evoca las fortalezas medievales que custodiaban caminos y viajeros. Entre jardines cuidados y muros de piedra, el visitante descubre un alojamiento singular: habitaciones con personalidad, un restaurante que apuesta por la cocina aragonesa y espacios concebidos para detener el ritmo.
Dormir aquí tiene algo de retorno a un tiempo pausado, sin renunciar a la comodidad actual. La piedra transmite una solidez tranquila, mientras que los ventanales permiten contemplar el paisaje de la llanura. Tras la fuerza del cierzo en La Loteta y el esplendor artístico de Pedrola, Bonavía se ofrece como un final sereno: el lugar donde el viaje se transforma en descanso, donde el día se cierra en calma.